Euphorion  
ISSN 1657-1843  
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    Asociación de Investigaciones Filosóficas   
 


Euphorion No. 6

Maurice Blanchot

Jornada conmemorativa del centenario del nacimiento de Maurice Blanchot.
Instituto de Filosofía. Universidad de Antioquia
Septiembre 21 de 2007

En el Momento Deseado (Fragmento)

Maurice Blanchot

Traducción del texto íntegro por:
Andrés Builes, Wilmar Martínez, Juan Carlos Mazo y Luis Ramírez.

 

Estando ausente la amiga que vivía con ella, Judith fue quien abrió la puerta. Mi sorpresa fue extrema, inextricable, mucho más grande, seguramente, que si la hubiera encontrado por azar. El asombro era tal, que en mí se expresaba con estas palabras: “¡Dios Mío! ¡Una vez más una figura conocida!” (Tal vez mi decisión de caminar directamente hacia esta figura había sido tan fuerte que la volvía imposible.) Pero también estaba la molestia de haber venido a verificar en el sitio la continuidad de las cosas. El tiempo había pasado, y sin embargo no era pasado; esto era una verdad que yo no hubiera querido poner en mi presencia.

Del lado de aquella figura, no sé si la sorpresa encajaba con la mía. De todas maneras, entre nosotros había manifiestamente tal acumulación de acontecimientos, realidades desmesuradas, tormentos, pensamientos increíbles y además tal profundidad de olvido feliz, que ella no tenía ninguna dificultad para no asombrarse de mí. Asombrosamente veía que ella había cambiado muy poco. Las pequeñas habitaciones habían sido transformadas, muy pronto lo noté, pero incluso en este nuevo marco en el que aun no lograba penetrar y que poco me agradaba, ella era perfectamente la misma, no sólo fiel a sus rasgos, a su semblante, sino también a su edad: de una juventud que la hacía extrañamente semejante. No paraba de mirarla; me decía a mí mismo: de esto proviene entonces mi asombro. Su figura, o más bien su expresión, que casi no variaba, entre la sonrisa más jovial y la reserva más fría, resucitaba en mí un recuerdo terriblemente lejano, y es este recuerdo, profundamente enterrado, más que viejo, lo que ella parecía copiar para aparecer tan joven. Acabé por decirle: “¡Realmente usted ha cambiado muy poco!”. En ese momento ella estaba al lado de un piano que nunca había imaginado en esta pieza. ¿Por qué este piano? “¿Es usted quien toca el piano?”. Ella hizo señas de que no. Mucho tiempo después, con una animación brusca y en un tono de reproche, ella me dijo: “¡Pero es Claudia la que lo toca! ¡Ella canta!”. Me miraba de una manera extraña, espontánea, viva y sin embargo de lado. Esta mirada, no sé por qué, me produjo una herida en el corazón. “¿Quién es Claudia?”. No respondió nada, y de nuevo me sorprendió, pero esta vez como si fuera una desgracia, me sorprendió hasta la ansiedad con aquel aire de semejanza que le era propio y que la hacía tan absolutamente joven. Ahora, la recordaba mucho mejor. Tenía el rostro más fino, quiero decir que los rasgos tenían una especie de jovialidad y de extrema fragilidad, como a la merced de un semblante diferente, más concentrado, interior, y que la edad sólo buscaba endurecer. Pero esto es justamente lo que no había pasado, la edad extrañamente había sido reducida a la impotencia. Después de todo ¿por qué tenía que cambiar ella? El pasado no estaba tan lejos, esto tampoco podía ser una desgracia tan grande. Y yo mismo ¿cómo negarlo? ahora que yo podía mirarla desde el fondo de mi recuerdo, estaba alterado, conducido a otra vida. Sí, un movimiento extraño venía a mí, una posibilidad inolvidada, que se burlaba de los días, que brillaba a través de la noche más sombría, una potencia sin igual, contra la cual nada podían el asombro y la angustia.

La ventana estaba abierta, ella se levantó y fue a cerrarla. Hasta ese momento, yo no me había percatado que estaba abierta, la calle había seguido pasando por la habitación. No sé si todo ese ruido le molestaba; creo que poco le importaba; pero, cuando se dio la vuelta y me vio, tuve el brusco sentimiento de que ella apenas comenzaba a percibirme. Admito que es algo extraordinario; incluso sentí en ese mismo momento, de un modo aun vago, y sin embargo, muy vivo, que en parte era culpa mía: sí, inmediatamente vi que, si de algún modo yo me le había escapado –y esto tal vez era singular–, era porque yo tampoco había hecho lo necesario para ponerme realmente ante sus ojos, y esto era más triste que singular. Por una u otra razón, pero quizá porque yo mismo me había ocupado demasiado en mirarla plácidamente, algo esencial, que no podía intervenir más que a voluntad mía, había sido olvidado, y por el momento yo no sabía qué era, pero el olvido estaba presente a más no poder, al punto, ahora que la habitación estaba cerrada, de hacerme sospechar que fuera de él no había aquí gran cosa.

Debo decir que fue un descubrimiento físicamente tan asolador que ella me manejó completamente. Al pensar esto, quedé fascinado, borrado por mi pensamiento. Pues bien, ¡esto sí que era una idea! y no cualquiera, sino a mi medida, exactamente igual a mí, y si se dejaba pensar, yo no podía más que desaparecer. Al cabo de un momento, tuve que pedir un vaso de agua. Las palabras: “Déme un vaso de agua”, me dejaron el sentimiento de un vacío terrible. Estaba lastimado, pero había vuelto perfectamente en mí, no tenía ninguna duda en particular sobre lo que acababa de ocurrir. Cuando me decidí a salir de este apuro, traté de acordarme dónde se encontraba la cocina. El corredor parecía exageradamente oscuro, y en ello reconocí que aun no estaba muy bien. De un lado, estaba el cuarto de baño que comunicaba con la habitación que acababa de abandonar, más lejos debían encontrarse la cocina y la segunda habitación: todo estaba claro en mi mente, pero no afuera. ¡Condenado corredor!, pensé, ¿acaso era tan largo? Al pensar ahora en esto que me ocurrió, me sorprende el haber podido hacer todos esos esfuerzos sin saber por qué me costaban tanto. Ni siquiera estoy seguro de haber experimentado una sensación desagradable hasta el punto en que, después de un falso movimiento (al golpearme tal vez contra el muro), sentí un dolor abominable, muy intenso –me partía la cabeza–, quizá más intenso que vivo; es difícil expresar lo que tenía de cruel y a la vez de insignificante: una violencia horrible, una atrocidad, tan intolerable que parecía herirme a través de una capa fabulosa de duración que ardía toda en mí, inmenso y único dolor, como si no me afectara en ese momento, sino hace siglos y siglos, y lo que tenía de pasado, de completamente muerto, podía muy bien hacerlo más fácil pero también más difícil de soportar, volviéndose una perseverancia absolutamente fría, impersonal, que no detenía ni la vida, ni el fin de la vida. Seguramente, en ese instante yo no comprendía todo aquello. Solamente fui atravesado por un sentimiento de espanto y por estas palabras en que se sostiene mi buena fe: “¿Pero acaso esto vuelve a comenzar? ¡Nuevamente! ¡Nuevamente!”. En todo caso, fui parado en seco. El choque, proviniere de donde proviniere, me había agarrado tan vigorosamente que, en el instante presente que él abrió, yo estaba tan holgado que olvidé eternamente cómo salir de ahí. Caminar, avanzar, sin duda podía hacerlo, y debí hacerlo, pero más bien como un buey atronado: eran los pasos de la inmovilidad. Estos instantes fueron los más pesados, e incluso en este momento lo siguen siendo; a través de todo, tengo que volverme hacia ellos y decirme: aun estoy ahí, ahí me quedé.

El corredor conducía a la habitación que se encontraba en el otro extremo. Todo indica que yo parecía cruelmente perdido, entré más o menos sin saberlo, sin el sentimiento de desplazarme, inmerso en una caída estacionaria, incapaz de ver, lejos de darme cuenta de lo que pasaba. Probablemente permanecí en el umbral de la puerta. A pesar de todo, ahí había un pasadizo, una densidad que tenía sus leyes o sus exigencias propias. Finalmente –¿finalmente?– el pasadizo estaba libre y, habiendo forzado la entrada, di dos o tres pasos al interior de aquella habitación. Por fortuna (pero esta impresión quizás sólo era mía), yo caminaba con cierta discreción. Por fortuna además, una vez que ya había realmente entrado, tomaba contacto con un poco de esta realidad. Entre tanto, la tarde había avanzado considerablemente, pero había justo demasiada luz para que yo pudiera soportarlo. Al menos tuve ese sentimiento, al igual que pude reconocer en la calma, la paciencia y la propia debilidad del día, el deseo de respetar en mí la vida aun tan débil. Lo que no veía, lo que sólo vi en última instancia…, pero acerca de todo esto quisiera poder pasar rápidamente. A menudo tengo un deseo infinito de abreviar, deseo que nada puede, pues me resultaría demasiado fácil satisfacerlo; tan intenso como pueda serlo, es demasiado débil respecto a la potencia sin límite que hay en mí para cumplirlo. ¡Ah! es vano desear.

De esta joven mujer que me había abierto la puerta, a quien había hablado, que del pasado al presente, durante un tiempo inapreciable, había sido demasiado verdadera como para permanecer constantemente visible ante mis ojos: de ella, nunca quisiera dejar oír cosa alguna. En mi necesidad de citarla, de hacerla presente, a través de las circunstancias que, tan misteriosas como puedan serlo, permanecen las de los seres que viven, hay una violencia que me horroriza. En esto reside mi deseo de abreviar, al menos en su parte más elevada. Pasar por encima de lo esencial, he aquí lo que lo esencial, a través suyo, me demanda. Si esto es posible, que así sea. Suplico a mi ocaso que venga solo.

Veía muy bien algunos aspectos de la habitación y ésta había reanudado su alianza conmigo, pero no la veía a ella. No sé por qué. Inmediatamente miré con interés un gran sofá situado al extremo de la cama (ya había dado varios pasos en la habitación para llegar al borde de la cama); en el ángulo, cerca de la ventana, observé una pequeña mesa, con un lindo espejo, pero no recordé la palabra con que se nombra aquel mueble. En ese instante, estaba cerca de la ventana, me sentía casi bien, y si es cierto que el día caía tan rápido como él se elevaba en mí, en ambas partes lo que quedaba de lucidez bastaba para mostrarme todo sin ilusión. Puedo decir incluso que, si yo estaba un poco desorientado en aquella habitación, esta desorientación tenía la naturalidad de una visita cualquiera a una persona cualquiera, en una de las mil habitaciones donde yo hubiera podido entrar.

El único excedente de anomalía es que el hecho de que no hubiera nadie –o de que yo no viera a nadie–, no alteraba en nada esa naturalidad. Por mucho que me diera cuenta de la situación, me parecía perfecta, no deseaba que la puerta se abriera para que entrara el inquilino o la inquilina que normalmente vivía aquí. Para decirlo todo, no pensaba que alguien viviera en la habitación, ni en ninguna otra habitación del mundo, si hubiese otra, lo que tampoco me venía a la mente. Creo que para mí en ese momento el mundo estaba plenamente representado por aquella pieza con su cama en el centro, el sofá y su pequeño mueble. Fuera lo que fuera, ¿en realidad de dónde hubiera podido provenir? Hubiera sido una locura esperar que los muros desaparecieran. Por lo demás, yo no sentía el vacío.

Pues bien, ella me veía –eso es lo que me dijo–; estaba de pie justo delante del sofá y había seguido todos mis movimientos. Era cierto que yo había permanecido cerca de la puerta durante varios minutos, pero no con aquel aspecto que yo creía tener, el de alguien terriblemente extraviado; sí, bastante pálido y con una fría expresión, “paralizado”, decía ella, que mostraba muy bien –lo cual no era menos angustiante– que mi vida transcurría en otra parte y que, aquí, nada podía haber de mí, sólo aquella inmovilidad eterna. También era cierto que yo había dado algunos pasos; al pasar cerca del sofá, había ido a mirar el pequeño mueble con cierto interés, visiblemente me interesaba en él, había encontrado ahí algo así como la razón que justificaba el haber entrado. No, a ella no le sorprendía la poca atención que yo prestaba a su presencia, –puesto que en tal momento ella tampoco se preocupaba en absoluto de saber si estaba presente, puesto que además, aunque el hecho de permanecer en la oscuridad implique ciertos sacrificios, ella encontraba una satisfacción infinita al observarme en mi verdad, yo que, sin verla y sin ver a nadie, me dejaba ver en la sinceridad de un hombre solo. Considerar la verdad en carne y hueso, incluso si para ello se tenga que permanecer invisible, incluso si es necesario sumergirse por siempre en la discreción del frío más desesperante y de la separación más radical, ¿Quién no ha tenido este deseo? Y sin embargo, ¿quién ha tenido tal valor? Un solo ser, creo.

¿Por qué no la vi? Lo digo, y no lo sé claramente. Es difícil volver a algo imposible cuando ya ha sido superado, más difícil aun cuando no es seguro que lo imposible permanezca. Los hombres que pasan y no se encuentran son innumerables; nadie piensa que esto es escandaloso, ¿quién quisiera dejarse ver de todos? Pero quizá aun yo era todos, era tal vez la mayoría y la multitud inagotable, ¿quién podría determinarlo? Esta habitación era para mí el mundo, y para mis pocas fuerzas y mi poco interés, ella tenía la inmensidad del mundo: ¿quién le exigiría a una mirada que atraviese el universo? ¿Qué hay de extraño en no ver lo que está lejos, cuando lo cercano aun es invisible? Sí, lo inexplicable no se encuentra en mi ignorancia, sino que esta ignorancia ha cedido. Me parecería injusto, pero conforme con las leyes, no poder romper el infinito, ni sacar de todos los azares lo único que se pueda llamar suerte. Ávida suerte, colmada de infortunio, pero no importa: ¡es la suerte! Ahora bien, yo la he tenido, e incluso perdido, y aun la tendré por siempre. Esto es de lo que habría que sorprenderse.

Las cosas tuvieron un desenlace aparente (¿aparente? esto ya es mucho). En el momento en que me encontraba más cerca de ella, a dos pasos del sofá, pudo verme no sólo mejor, la figura más lívida que pálida, la frente cruelmente hinchada, sino que también pudo tocarme. El sentimiento de haberme rozado le pareció de lo más extraño y la despojó de cualquier otra reflexión: era algo inesperado, aun más, una luz que en el instante anterior no había podido entrever. De ahí en adelante me vio con otros ojos. ¿Yo existía entonces? ¡Quizá entonces yo existía también para ella! La vida, se dijo ella, e inmediatamente tuvo una fuerza inmensa para gritarme, y mientras que yo miraba los objetos del tocador, ella lanzó en efecto un grito que pareció nacer, brotar del recuerdo vivo de su nombre, pero, ¿por qué? Por más valeroso que fue, no sobrepasó sus límites, no alcanzó a estremecerme, y a causa de ello, tampoco lo escuchó ella misma. Quizá se resignó. Al caer rápidamente el día, ella veía cada vez menos lo que ocurría en la habitación. Por supuesto, se trataba de una habitación, pero de todos modos era una habitación tan exigua; y la certeza no podía residir entre cuatro muros; ¿Qué certeza? ella no lo sabía, algo que se parecía a ella misma y que la volvía semejante al frío y a la tranquilidad de la transparencia.

¡También la dignidad! la afirmación salvaje y sin derecho, el pacto convenido con aquello que desafía el origen: ¡oh extraña y terrible tranquilidad! Ella pasaba misteriosamente, apartada de las mentiras visibles, tan evidente como fuera posible, y el terror que había tenido que experimentar al perderse y al comenzar siempre de nuevo a perderse en la evidencia sin límites, aparentemente no estaba muy lejos del simple miedo de una niñita cuando se encuentra súbitamente frente a la oscuridad, al final de una tarde, en un jardín. La vida, se repetía ella a sí misma, pero esta palabra no la decía ya nadie, no se dirigía en absoluto a mí. La vida, era ahora una especie de apuesta que se esbozaba alrededor del recuerdo de aquel roce –¿acaso había ocurrido?–, de aquella asombrosa sensación –¿acaso persistiría?–, que no sólo no desaparecía, sino que además se afirmaba a sí misma al salvaje estilo de lo que no puede tener fin, que siempre reclamaría, exigiría, que de antemano ya se había puesto en movimiento, que erraba y erraba cual cosa ciega, sin fin y sin embargo cada vez más ávida, incapaz de hallarse, pero girando siempre más rápido en el vértigo furioso, sin voz, amurallado: deseo, escalofrío vuelto piedra. Es posible que lo haya presentido (¿pero este presentimiento no lo había tenido antes? ¿hubiera entrado yo sin él?). Que ante mí ella haya aparecido, no como una vana irrealidad, sino como la inminencia de una ráfaga monumental, como la inmensa densidad de un soplo de piedra precipitado contra mi frente, sí, pero este choque tampoco era una nueva verdad, como tampoco era nuevo el grito que me fue lanzado, ni aquel que yo oí, lo único nuevo fue la inmensa sorpresa de la tranquilidad, abrupto silencio que detenía todo. Esto produjo un célebre intervalo, ¿pero qué sentido tenía? ¿el de la quietud después del aniquilamiento? ¿el de la gloria del penúltimo día? Casi no tenía tiempo para preguntármelo, justo el tiempo para aprehender, sorprender, la verdad de aquel roce y para decirle: “¡Cómo, usted estaba ahí! ¡En este momento!”.

Poco después regresó Claudia. Yo no la conocía. Tuve la impresión de que era una persona decidida, que no cedía fácilmente, con la misma edad de Judith, creo, y amiga suya desde la infancia, pero que detrás de ella se mostraba más bien como una hermana mayor de un gran carácter. No le faltaban los talentos. Había vivido brillantemente del teatro, de aquel teatro en que se canta, y tenía en efecto una voz de la cual uno podía decir que era muy bella, clamorosa y no obstante austera, una voz sin perdón. Supongo que sabía de mí más que la mayoría de aquellos que se me habían acercado. Imagino que al comienzo Judith le había hablado de mí: muy poco, y sin embargo infinitamente, ahí se encontraba el lado oscuro de las cosas. (Yo le había dicho: “quiero vivir en la oscuridad”. Pero la verdad hablaba en ella sin saberlo, e incluso cuando ella no decía nada, aun hablaba; detrás de su muro, ella afirmaba algo).

Debo entonces pensar que ella esperaba reciprocidad. Al menos, sí, al verme, ella permanecía desconcertada, y estoy seguro que retrocedió, que buscó un instante para volverse atrás, como si hubiera tratado de introducir, frente a mi presencia, un recurso que le hubiera dado la posibilidad de haber estado ahí antes de mí, de haber podido abrirme la puerta y de acogerme a su manera, sí, creo que aquel movimiento de alejamiento fue un intento por recuperar su ausencia, y para mí tuvo aquel efecto, que yo aprovechaba ciegamente, de abrirme un refugio a través de mi propio estupor y mi confusión, que era inmensa, –cuando apareció, yo tenía quizás la solución entre mis manos y nuevamente todo volvió a ponerse en juego. En realidad, en el fondo de mi desasosiego, experimentaba una especie de admiración en ver cómo ella se las arreglaba para evitar el naufragio total. Seguramente de su parte estuvo la sangre fría, y no era la simple presencia de espíritu, sino el sentimiento justo de lo que había que saber e ignorar, retener y abandonar. Quizás al verme, al reconocerme –mientras que desafilaba el filo del primer instante con una habilidad que debía formar parte de su maestría, pero que sin duda era también el reflujo del movimiento que me había llevado, tal vez empujado, gracias al instinto de lucha– ella se dijo: “Ahora, ya no lo soltaré”. La prontitud con la que preparó todo para atajar mi retirada sugería, debo decirlo, aquella impresión. Me parece que ella cogió exactamente el punto a partir del cual ya no me era casi posible hacer algo diferente de lo que a ella le pareciera. ¿Hubiera podido hacer que me llevara a otro sitio, llamar a alguna otra persona? Es cierto, pero no lo hice. ¿Pero acaso yo deseaba partir? Ni siquiera estoy convencido de que ella creyese haberme atacado gravemente; el aparente ataque se convirtió más bien en el lenguaje que le permitió hablar, en la garantía que le permitió actuar con naturalidad. En el fondo, debo admirar cuanto supo pensar ella sola, cuanto permaneció libre y luchó activamente, con todos los medios de una atención que no se aplaca, –¿y en cuanto a mí, acaso luchaba yo? ¿podía llamarse esto una lucha? Al menos, no contra ella, en tal momento yo no podía transportarla al centro de mí mismo que pertenecía a alguien diferente: ella vivía en los confines, en el límite en que las dificultades se vuelven cosas que actúan y que son verdaderas. Esto no quiere decir que ella no era importante. Al contrario, me dejaba pasmado, desde aquella frontera donde ella era libre, desde las preocupaciones que paralizaban el tiempo. Esta parálisis era su victoria, y esa inercia se volvía mi combate.

Con su veloz organización –en realidad, no tan veloz: solamente veloz respecto a la lentitud nuestra–, se apresuró a colocarme en un diván en frente del piano. Parecía guiada por la extraña idea –pero quizás por pura pasión, puro deseo de permanecer celosamente como la única dueña en aquel dominio–, por la necesidad de sacarme lo más pronto posible de la habitación. Retenerme, pero antes que nada retenerme fuera de aquí. (Naturalmente era su habitación y resultaba entonces normal tal disposición; ¿Pero cuál era su prisa, su agitación? era tanta que no alcanzaba a explicármelo).

Algo no menos sorprendente es que, una vez que me instaló en el cuarto de estudio, no me dejó solo, sino que nos encerró, quiero decir que en seguida se retiró con una reserva, una discreción que tal vez significaba que ella no se impondría, pero aun había otro sentido que yo no comprendía, que no podía precisar muy bien. Para dar una idea, podría decir que el apartamento no tenía más que la comodidad del corredor que lo dividía en dos regiones, pero en ciertos momentos ella hacía de él un espacio inmenso, desierto, en el cual parecía no que estuviéramos solos, sino que –y esto era mucho más impresionante– ella era la única, la única real, la única dotada de la opulencia y de la perseverancia de la vida. Y al mismo tiempo, aquella reserva parecía crear entre ella y yo un lazo especial, como si, para ratificar una alusión contenida o expresada por mi presencia, me hubiese dado a entender que respecto a ella yo podía estar tranquilo, que ella no pronunciaría una palabra de más.

Si vuelvo a ese instante –primer instante en el que, aprovechando aquella reserva, nuevamente estábamos presentes, pero esta vez cruelmente acorralados uno en frente del otro–, me siento como atado a una tristeza, una ansiedad capaz de oscurecerlo todo. Después de un momento, probablemente porque ella estaba sola conmigo –ella estaba ahí, como una especie de imagen, vuelta presente por el curso de las cosas y la buena voluntad del orden cotidiano–, vi que ella experimentaba una molestia, una inquietud, y además un movimiento ligero, inestable, una fría jovialidad que la volvía inaprensible: esto se manifestaba en su respiración menos tranquila, en su mirada en la que brillaba un resplandor titilante demasiado extraño, como el reflejo de un lejano resentimiento, y por último su figura tomó una expresión de asombro, interrogativa. No comprendí en absoluto la profundidad de aquella mirada. Yo mismo estaba más que débil, y decir que manifestaba cierta incomprensión, eso sería decir muy poco: no supe leer lo que había en sus ojos. Amargamente me volvía hacía aquel encuentro, cerca del punto en el que la extraña potencia lo había arrastrado, y tal recuerdo no podía llevarme inmediatamente a los felices sentimientos. Le dije, le repetí varias veces con suficiente intensidad: “¿Pero qué le pasa? ¿Qué le pasa?”. Con la luz apagada, me acordaba de ese “¿Qué le pasa?” y me dio horror. Era un falso grito, una pesada interrogación que penetraba una sospecha, un frío y desconcertante pensamiento. Después de esto, ella fue incapaz de saber si “le pasaba algo”. Pero, gracias a esta sospecha, creo que pude recuperarme, retrocediendo ante el tiempo, volviendo a un yo solitario, lejano y disperso, un yo que no tuteaba a nadie y frente al cual nadie podía decir yo. Me daba cuenta de que era una extraña sospecha, una ilusión de las más confusas, y esta confusión no reflejaba la visión inconmensurable de perspectivas abiertas unas encima de otras, sino la tristeza estéril del caos, la afligida incertidumbre que al agitarse se cierra y se retira.

Inmediatamente me levanté, decidido a no dejar que aquel grito atravesara la noche. Hice poco ruido. Sin embargo, al otro lado del corredor, Claudia ya me veía acercarme. Este fue en realidad nuestro primer contacto; hasta ahí, lo que había ocurrido parecían espadazos en el cielo. ¡Ah! no había nada de amable en su manera de observarme y esperarme. Era cortés, pues la cortesía permitía la más alta frialdad. Pero, para precisarlo, en tal momento yo no me paraba para dar gusto a las conveniencias. Caminaba pesadamente sobre ella, y ella tal vez creyó que muy decididamente nos íbamos a batir: estoy seguro, estaba lista para atacarme, para quebrarme los huesos si le fuese posible, para someterme golpe a golpe sin ceder. En ningún momento se movió. Tampoco se movió cuando estuve cerca de ella, bastante cerca como para notar que aun tenía un aliento que le venía desde las arterias y la sangre. Pero, en cuanto le dije –por lo demás pausadamente– “vengo a ver a su amiga”, como si ella hubiera podido soportarlo todo, excepto que la verdad tuvo una voz, se estremeció, dejó de ser un bloque inatacable, y dijo entonces: “¡Mi amiga!”. Me pareció que en su voz no había ninguna ironía. La seriedad y la fe inquebrantable le daban la más grande firmeza, pero su entonación, mezcla de altivez, interrogación y triunfo, parecía quitarme el derecho de calificar sus relaciones y, al mismo tiempo, reunía victoriosamente mi palabra para conservarla como un reconocimiento de sus derechos. Creo que se dejó tentar por esa palabra, pues la repitió, y esta vez más bien para escucharla de sí misma, con una especie de incertidumbre y asombro alegre. En un sentido, tenía yo en ella más aliados de lo que a ella le hubiese gustado admitir y la agitación terrestre era uno de estos aliados. Pero prontamente se desahogó y emitió a media voz: “¡Judith!”. Yo escuchaba esto, lo escuchaba sin reaccionar, pues, como a menudo sucedía con ella, al verla defender, no algo insignificante, sino su propia vida, no podía entonces contrariarla. Solamente observaba de qué manera tan astuta decía ese nombre, para hacerme comprender que no se dejaba engañar y que la ventaja que yo le había concedido al llamarla gravemente su amiga, pues bien, era para reservarme aquel nombre. No obstante, su susurro me dejó un malestar; ella tenía miedo, se había acercado tanteando algo que, por intrépida que ella fuese, tenía miedo de agarrarlo: sí, se había impulsado, lentamente, sin quitarme la mirada, como para estar en capacidad de retirarla en el caso de que el riego aumentase demasiado. ¿Qué pasaba pues? Lo confieso, me cogió cruelmente descontrolado.

Tan descontrolado que, al instante, cambió de actitud: siendo aun cortés, pero de una cortesía seductora, diáfana, capaz de soportar amablemente un mundo de horror e inconveniencias. En un momento tal, ella era perfecta; la naturalidad la hacía parecer confiada, y de haber hecho cosas insensatas –las podría haber hecho–, hubieran tenido la apariencia de que no lo eran. Con los ojos ligeramente brillantes dijo: “voy a llamarla”; vigilaba mis pasos, pero sin una intención desagradable, simplemente para catalogarlos en el orden de las verdades cotidianas e inmediatamente realizables. Pues bien, pero si ella es casi bella, me dije; hasta ese momento no me había dado cuenta de ello. Lo que puede llamarse su deseo de conciliación estaba poniendo delante de ella a un hombre muy conciliador; la buena voluntad, la fluidez me atraían tranquilamente al interior de su juego. Sin embargo, le pregunté con un poco de impertinencia, pues no olvidaba la extraordinaria, la poca probable prontitud que le había permitido –yo apenas de pie– estar ahí en ese lugar: “¿Acaso he sido yo quién la ha despertado? –Es cierto que es muy tarde, dijo bruscamente ella después de cerrar la puerta. ¿Qué pasa? ¿Está indispuesto? ¡Usted no duerme!”. Pasó rápidamente delante de mí y empujó una puerta, diciendo: “Tengo en la cocina una gran cantidad de producto para dormir”. ¿La cocina? Se produjo en mí un llamado; las palabras “déme un vaso de agua” me volvieron inmediatamente y, con ellas, la sensación de un terrible frío. Entré después de ella, pesadamente, como si continuara el viaje de la tarde. “Déme un vaso de agua”, dije, lejos de toda buena voluntad. En ese momento, abrió un pequeño botiquín, fue hacia otro mueble, tomó un vaso y lo limpió. La cocina no era grande, y estar cerca era necesariamente lo que le debía ocurrir a dos personas de nuestro tamaño. “¿Debo servirle algunas gotas?”. Sostenía el vaso, medio lleno, a la altura del rostro. En ese instante, ella tenía el tono de alguien que obedece órdenes poderosas, pero sin autoridad. “No, le dije, ¡No hoy!”.

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