Luís Antonio Ramírez
Escribir ha hecho de mí una sombra, para hacerme digno de la oscuridad
Blanchot
A modo de advertencia: para aquellos que piensan y dicen que esto no es más que un sagrado disparate… No habrá nadie que pueda contradecirlos. A ellos les dejamos la ortodoxia de las verdades irrefutables.
La física de lo espectral
Lo espectral es el acecho de las sombras, las manchas, los desplazamientos continuos penetrando las cosas en la medida en que ellas ya no son las cosas, sino la simulación de las cosas.
En la escritura ficcional de Blanchot, las cosas se simulan, siendo de ellas mismas la imagen vana, el doble confuso, el espectro inconsistente que se dirige ya hacia la distancia y no de retorno a las cosas mismas. Las cosas se simulan en tanto ellas aparecen y al mismo tiempo parecen desfasadas, siendo ellas, pero ya en otro sitio, que no sería el de su origen, sino el de una distancia sin medida para la cual ya no hay referencia a un original y donde lo que queda más próximo es el exterior.
Pero la simulación de las cosas no es sólo aquello que permite la ausencia de las cosas, sino que también es lo que retiene en la ausencia misma, allí donde las cosas, por cercanas que puedan aparecer, se nos escapan, y abren un espacio en el que ya parecen inaccesibles, abriéndonos entonces a nosotros hacia una especie de neutralidad donde también cesamos de ser nosotros mismos, “oscilando extrañamente entre Yo, Él y nadie”. Neutralidad o inmovilidad que se da, pues, en la oscilación (en la indecisión, en la disolución): movimiento que desata, que desprende incluso de todo desprendimiento.
– La simulación no es algo que pueda apropiarse: algo en lo cual uno puede disimularse; ella es más bien la potencia que “nos” abre al afuera1 .
En las ficciones de Blanchot, los elementos que se introducen en el texto bajo el signo de la manifestación vienen al mismo tiempo a sustraerse. Van quedando rasgos ambiguos que parecen contradecirse ellos mismos –como si se tratara de una simulación más–, rasgos que son como la prueba del efecto de un reflejo. El reflejo manifiesta lo que se disimula en él; no se trata del simple reflejo de las cosas que están en la distancia ni de aquel que mira, sino de la imposible semejanza de lo que está entre ellos.
El reflejo impone un no-retorno a la presencia de los elementos que él refleja, pero este movimiento sin retorno no se detiene, es la dinámica de la imagen tal y como es concebida por Blanchot: desfiguración, disimulación, aparecer ficticio que designa el devenir de lo que se borra, sombra del acontecimiento que yerra sin fin. Las imágenes no logran fijarse y se exponen entonces al advenimiento de su desaparición. La imagen es entregada a la desaparición puesto que el reflejo es de entrada un desafío para su propia presencia. En Aquel que no me acompañaba la descripción que se hace mediante unos ventanales hace que el relato pase por un efecto de desvío:
“Todo estaba extraordinariamente tranquilo. Mirando a través de los tres grandes biombos de la ventana, vi que había alguien más allá; desde que lo percibí, él se volteó hacia la ventana y, sin detenerse en mí, se fijó rápidamente, con una mirada intensa, pero rápida, en toda la extensión y la profundidad de la pieza… Quedé tan pasmado que no me pude impedir de murmurar: “No se mueva, creo que hay alguien. –¿Alguien? ¿Aquí? –Alguien nos mira por la ventana. –¿Por la ventana?” Palabras que inmediatamente me dieron un sentimiento de espanto, de horror, como si el vacío de la ventana se hubiese reflejado en ella, como si todo esto hubiera pasado ya, y nuevamente, nuevamente. Creo haber lanzado un grito, me deslicé o caí contra lo que me parecía ser una mesa. Sin embargo, lo escuché aun decirme: “Sabe, no hay nadie”.” (Blanchot, Celui qui ne m’accompagnait pas)
El relato es alterado aquí para reforzar el efecto ficcional que se confiere al reflejo. La ventana, soporte del reflejo, despierta la sospecha en la figura que aparece aparentemente reducida a una silueta, que ella hará aparecer afuera –figura de la sombra, del puro reflejo. La incertidumbre de la visión, la percepción excesiva reenvían al desvío del reflejo.
La confusión de quien ve y de ese supuesto otro que es visto, actúa de tal manera que, pese al efecto de proyección que se puede percibir, aquel que está ahí ya no es aquel que está afuera. El otro es tal vez proyección, recuerdo, una imagen espectral que no pertenece a nadie (simple reflejo). La ventana reenvía la imagen de aquel que mira a través suyo, pero él (el que mira) es incapaz de reconocer su imagen, deformada, trastocada. Él cree que es otro, el reflejo tiene tanta apariencia que le impide reconocerse. Blanchot pasa por el espacio encantado del espejo, de la transparencia, para ofrecer un reflejo engañoso donde aparece el otro (lo otro, lo neutro), en el lugar mismo en que no se encuentra: encantamiento del reflejo, lugar maravilloso donde se inventa la imagen como reflejo se sí.
El reflejo cumple entonces un doble juego: él indiferencia todo mientras que por efectos de resistencia él guarda las apariencias y mantiene las distinciones fácticas, realizando en esto el trabajo de disimulación. El reflejo es por lo tanto reflejo de nada, es decir, puro reflejo. Pero más que pretender la ausencia, él busca presentarla. Tal es la aparición reflejada, ella es el riesgo de la ausencia, dándole una apariencia de presencia. Con ella algo ausente se figura.
Lo espectral es el espacio consumado en –y borrado por– el reflejo de una imagen, el vacío de los reflejos, la tenue figura de lo que desaparece.
Lo espectral es ese extraño modo de ser que es la desaparición, que no aniquila por completo, sino que ofrece de lo que queda un mero reflejo, una dispersión en la que las cosas desaparecen. Como si hubiera nada ahí, como si alrededor no hubiese más que un vacío balbuceante, un desierto vulgar y sórdido por el que algo transita, voces quizás, compañías invisibles que no acompañan a nadie en especial. Lo que siempre hay cuando no hay nada.
“Habiendo abandonado lo que todavía puede representarse, añadir indefinidamente la ausencia a la ausencia y a la ausencia de la ausencia, y a la ausencia de la ausencia de la ausencia, y así, con esta máquina aspirante, hacer desesperadamente el vacío. Entonces comienza la verdadera caída, aquella que se anula a sí misma; nada eternamente devorada por una nada más pura…” (Blanchot, Thomas el oscuro)
Pero la desaparición no acontece en aras de un fin. Todo fin, al igual que el sujeto, es llevado al torbellino de la desaparición, hasta el lugar sin fin donde cada quien no está ahí más que en el lugar de cualquiera, en un vacío que contiene, pero que no tiene fondo, es decir, que contiene en la caída sin fin.
La manera de ser de la desaparición no acaece por la negación de sí mismo (a la manera de un cristianismo ya ancestral), sino por la afirmación de la multiplicidad que deja la disposición incesante a estar fuera de sí, en continua transformación, alteración, dispersión, simulación, eso que nos llama en el corazón monstruoso de un afuera que arde y sólo admite la desaparición de las cosas y de sí mismo. Alteración en la que no se avista ni siquiera lo diferente, sino lo extraño. Pero no se trata de una promesa, sino de algo que conlleva y afirma el afuera, donde no hay posesión ni de verdad, ni de otro, ni de sí mismo. Precipitación al encuentro de lo extraño donde se encarniza aquello que deshace lo que nos es más familiar. Ardor de lo que pasa y nos sobrepasa.
Y lo que queda es “estar enteramente ahí sin que una explicación cualquiera pueda reservar un suplemento a la existencia.” (Blanchot, Henri Michaux ou le refus de l’enfermement)
En la ausencia absoluta de poder encontrar algo, tal vez lo único que se podría esperar ya es esa extraordinaria simpleza que ya no sorprende, que se deja pasar en la desatención que ella solicita para poder desaparecer ante nosotros y que nos hace desaparecer en el vacío secreto de lo que no que no tiene secreto. Como la misma muerte que ni tiene secreto, ni tiene nombre, irrumpiendo anónimamente en cualquiera.
– Morir en la paciencia infinita de lo que no se cumple, o de lo que siempre se cumple en el lugar del otro. ¿La muerte es entonces la incumplida o soy acaso yo el que no me cumplo en ella? Morir siempre acontece a destiempo, deshaciendo toda espera, todo fin. El momento de la muerte es el momento en que el tiempo accede a la simplicidad que lo suprime.
La muerte (y lo que esta tiene de insondable y de inmemorial) sólo admite del pensamiento que éste se encuentre previamente deshecho (en el advenimiento de su propio desastre).
“Tengo la sensación de estar muerto; no, tengo la sensación de estar, viviendo, infinitamente más muerto que muerto. Descubro mi ser en el abismo vertiginoso donde no está; ausencia, ausencia donde se aloja como un dios. No existo y sin embargo perduro; un futuro inexorable se extiende infinitamente ante este ser suprimido…” (Blanchot, Thomas el oscuro)
“…soy el sujeto y el objeto de una irradiación todopoderosa; sol que emplea toda su energía tanto en hacerse noche como en hacerse sol. Pienso: allí donde el pensamiento se me añade yo puedo sustraerme del ser, sin disminución ni cambio, por una metamorfosis que me conserva a mí mismo fuera de todo refugio donde ocultarme. Ésta es la propiedad de mi pensamiento, no ya de asegurarme de la existencia, como todas las cosas, como la piedra, sino de asegurarme del ser en la nada misma y convidarme a no ser para hacerme sentir así mi admirable ausencia. Pienso, dijo Thomas, y aquel Thomas invisible, inexpresable, inexistente en que me convertí, hizo que en adelante no estuviera nunca donde estaba, y ni siquiera en eso hubo nada de misterioso. Mi existencia se hizo por completo la de un ausente que, a cada acto que yo ejecutaba, producía el mismo acto pero sin ejecutarlo…” (Blanchot, Thomas el oscuro)
Geometría del espacio espectral
El mundo
Las horas más bellas del mundo, aquellas donde alguien, cualquiera, soporta alegremente vivir sin fin.
Blanchot
El mundo en que vivimos y tal como nosotros lo vivimos es afortunadamente limitado: nos bastan algunos pasos para salir de nuestra habitación y algunos años para salir de nuestra vida…
Para el hombre medido y de medida, la habitación, el desierto y el mundo son lugares estrictamente determinados. Para el hombre desértico y laberíntico, entregado al error de un camino necesariamente un poco más que su vida, el mismo espacio será verdaderamente infinito, incluso si sabe que no lo es y tanto más si sabrá que lo es. El error, el hecho de estar caminando sin poder detenerse nunca, cambia lo finito en infinito…
Blanchot, Henri Michaux ou le refus de l’enfermement
La experiencia del espacio en Blanchot es la del mundo devastado en una habitación donde el lenguaje retumba, hace eco y difumina los límites; y lo que queda de sí mismo permanece errando, sin centro, disolviendo la diferencia externo-interno, ensanchando infinitamente el límite donde se deambula, se está a la deriva sin apegos. Se trata de “una soledad hecha de la supresión de todo espacio” (Thomas el oscuro). Lo espectral es aquí el movimiento que deja al espíritu perdido afuera, fuera del mundo y sus mojones, y fuera de sí.
El nomadismo espectral no es el del feliz viaje nómada de quien rechaza y busca salir de una patria infame; la infamia no sólo está en la patria, sino además en el lastre de que, pese a ir a cualquier lugar, el problema sigue siendo la penuria y la miseria de la mismidad.
Aunque, si bien en el yo abierto y errabundo de lo espectral, el afuera parece hallarse en la intimidad, esta intimidad nada tiene ya que mostrar, no es esa especie de hueco que habría que llenar, sino ese espacio que hay que vaciar aun más, ahondar sin profundidad ni fin.
La intimidad es aquí algo que, en lugar de vivirse y percibirse desde adentro, se contempla desde afuera:
“Vivida en un mundo abierto, siendo nada más que un espectáculo sin referencia… expresando el hombre mediante la ausencia del hombre… creando un mundo donde el hombre ya no puede reconocerse, imaginando un punto de vista del hombre absolutamente extraño al hombre. La conciencia tiende entonces a rebasarse, y rebasarse es para ella expandirse por todos lados, diluirse en las cosas, ser incluso allí donde ella no es.” (Blanchot, Henri Michaux ou le refus de l’enfermement)
Como en el Ecce homo de Nietzsche, donde la propia humanidad se expresa como el “continuo rebasamiento de sí”. O como en El Culpable de Bataille donde “el hombre que, tal vez, es la cumbre, no es más que la cumbre de un desastre”.
Estar subordinado al afuera significa no admitir superioridad en ninguna parte: soberanía absoluta.
Lo que queda es la exigencia de errar, de ir cada vez más lejos sin tener la esperanza de encontrar el agotamiento… incluso en las tinieblas y lo más lejos que se pueda, luchando por la transparencia, empujando la vida hacia la línea impersonal del afuera. El espectro no llega a agotar lo que queda de fuerza en su devenir nómada. Él vaga en la impotencia de agotar todo fin y toda salida.
“…erraba y erraba como una cosa ciega, sin fin, y sin embargo, más ávida…”
– La avidez, el ansia de errar: esa cosa querida, irreductible e intensificada sin fin. Que esto recomience, una vez más y una vez más.
“Erró sin descanso a lo largo de pasillos vacíos, iluminados por los reflejos de una luz que continuamente se hurtaba mientras la perseguía sin ganas, con la obstinación de un alma perdida de antemano…” (Blanchot, Thomas el oscuro)
El espectro reside en lo más lejano, lo más errante, en la respuesta tajante que se le da a todas las astucias apocalípticas del nihilismo. Eso que podría entenderse como el nihilismo casi infinito del que habla Blanchot, no es más que la posibilidad ilimitada de lo que no se agota, pero que vive justamente en el agotamiento de lo que no se acaba. En Blanchot, la afirmación del nihilismo no afirma nada, o al menos no se apoya en la posibilidad de una totalidad acabada, sino en el incumplimiento donde despunta lo imposible.
El afuera es también el todo fuera de sí, eso que incesantemente excede el todo y lo deja loco, vagabundo, en la imposibilidad de encerrarse.
Lo espectral es el carácter de aquello que en un primer tiempo parece acabado, pero al que le sigue el anacronismo de lo inacabado, lo que sigue el devenir indeterminado del afuera, allí donde se pliegan el exceso y lo imposible.
La relación
No había más que un ser cuya fragilidad se traslucía en su belleza ajada y que perdía incluso toda realidad, como si los contornos del cuerpo no hubieran estado dibujados por la luz, sino por una fosforescencia difusa, como emanada, se diría, de los huesos.
Blanchot, Thomas el oscuro
– Errar es ir fuera de todo encuentro.
El afuera es el espacio de lo que no se comparte, aquella parte inhumana del hombre que destituye de todo poder y aleja de toda unidad.
El otro es sacado del lugar de la proximidad y se pone, se impone en su absoluta lejanía; y si de algo se acerca y si por algo se acerca es la noche: presencia de lo indeterminado, presencia de la ausencia. La base de la relación está hecha por el mantenimiento de la separación, suspensión en la que cesa el poder de estar ahí. Es aquello que separa lo que determina la imposible posibilidad de la relación. El espacio y la relación en el espacio es la distancia, la separación, la infidelidad; infidelidad que no es más que la exigencia de lo que no cesa de de estar en otro –con otro. El espacio funda la comunidad anónima en la que siempre se está privado de sí. Esta comunidad no designa a nadie; ella se conjuga en lo neutro.
– Y si lo neutro es, como dice Blanchot, “lo entre”, ¿acaso se podría ubicar entonces?, si es eso que está en la relación entre mí y otro, entonces es lo que escapa a mí y al otro, eso que designa una doble ausencia infinita. Lo neutro es eso que no deja de quedarnos como extraño. Movimiento inmóvil que pone fuera de sí.
Apéndice
Cronología y anacronismo de una espectralidad
Un miedo obsesivo ha recorrido la segunda mitad del siglo XVIII: el espacio oscuro, la pantalla de oscuridad que impide la entera visibilidad de las cosas, las gentes, las verdades. Disolver los fragmentos de noche que se oponen a la luz, hacer que no existan espacios oscuros en la sociedad, demoler esas cámaras negras en las que se fomenta la arbitrariedad política, los caprichos del monarca, las supersticiones religiosas, los complots de los tiranos y los frailes, las ilusiones de ignorancia, las epidemias. Los castillos, los hospitales, los depósitos de cadáveres, las casas de corrección, los conventos, desde antes de la Revolución han suscitado una desconfianza o un odio que no fueron subestimados; el nuevo orden político y moral no puede instaurarse sin su desaparición…
M. Foucault, El ojo del poder
He aquí la paradoja que actúa desde aquel siglo de las luces donde se ha inventado la opinión pública, la transparencia y la libertad para ir progresivamente construyendo los diferentes espacios del encierro donde cada quien está bajo la mirada de la vigilancia, y que dejan creer a los que están afuera que ellos son libres.
Aunque el falso sentido del afuera es hacer de éste un espacio real poblado por los excluidos y los rumores de todas las palabras prohibidas o rechazadas, no faltaría quien nos dijera entonces “por favor, seamos realistas, esto no es más que pura ficción, ¿acaso no se puede salir de esta vana ficción del afuera?”. Y ante una imposible respuesta, nosotros seguiríamos en un esbozo que aun no nos permitiría decidir nada, y sólo nos dejaría, una vez más, en una ficción que pretende seguir el juego de las verdades que configuran una realidad determinada.
Existe justamente aquella historia que habla de la producción efectiva de un adentro, de un encierro que precisamente empezará por recluir-excluir a aquellos que deambulaban (locos, vagabundos, leprosos…), que luego proliferará en hospitales, cárceles, fábricas, escuelas, etc., y pareciera entonces que la única posibilidad del afuera sería ya el de una vida que busca transcurrir siempre en otra parte, dejando para la presencia ordinaria cierta manera espectral de vivir, luego del trabajo, luego de la escuela, deambulando en la calle como en un afuera infinito.
“…mi vida acontecía en otra parte y aquí no podría haber nada de mí, tan sólo esta inmovilidad eterna.” (Blanchot, Au moment voulu, p. 19)
Excedente: a un amigo
Un amigo decía que del afuera blanchoteano no quedaba el vacío absoluto, sino la presencia, no ya de lo espectral, como se ha pretendido esbozar aquí, sino de un lenguaje. ¿Pero qué clase de lenguaje puede quedar en el afuera? El afuera pasa y acaece bajo el influjo de un lenguaje en forma de oscilación indefinida entre las cosas que se escuchan como si fueran parte de un murmullo y una palabra neutra, vana, plural que irrumpe en cualquiera. Pero esta palabra tal vez no tenga nada de enigmática, sólo hay en ella la fuerza de lo que discurre y diverge sin fin.
El lenguaje, eso que tal vez nos es común (o nos podría hacer comunes), es además, el lugar donde una palabra puede irrumpir y disentir –desde el marginal hasta el loco y el escritor–; pero entonces ya el lenguaje no es lo más común, sino que es precisamente el lugar de la divergencia y la pluralidad; y si hay una palabra que pretenda detentar el orden y la autoridad, esta nos otorga al resto el don de hablar desde cualquier lado, con una voz que esta vez no pertenece a nadie, la voz del rechazo que no se puede apropiar y que por lo tanto es en sí misma intransigente hasta el mutismo. Palabra, pues, de nadie en especial, –
palabra de cualquiera.
Amén.
1 La clave del vocablo “afuera” es que éste no reenvía a ningún sujeto, no se da más que aboliendo la subjetividad que supuestamente debía acoger. Claro que aunque se pretenda que en el afuera cesa toda subjetividad, es por esta pretensión misma que el afuera sigue re-engendrando algo, eso que aquí denominamos lo espectral.
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