Nilson Oliveira
Traducción: Carlos Enrique Restrepo
“No se puede hablar del desierto como de un paisaje, pues él es, a pesar de su variedad, ausencia de paisaje. Esa ausencia le confiere su realidad. No se puede hablar del desierto como de un lugar, pues él es también un no-lugar. El no-lugar de un lugar o el lugar de un no-lugar. No se puede decir que el desierto sea una distancia, pues él es, al mismo tiempo, distancia real y no-distancia absoluta por causa de su ausencia de demarcaciones. Sus límites son los cuatro horizontes, siendo lo que los liga y lo que los separa. Él es su propia separación, donde se torna lugar abierto; apertura de lugar. No se puede pretender que el desierto sea el vacío, la nada. Tampoco se puede pretender que sea el término, pues él es, del mismo modo, el comienzo.” Así me dice un tal Edmond Jabés. ¿Por qué me dice eso ese Jabés? Lo dice y se marcha. Desde entonces nunca más lo vi. Supe que fue visto en un mercado en Marruecos en compañía de un tal Abdelkebir Khatibi.
No puede uno volverse contra sus propios espejismos; lo sé, ¿pero a dónde se puede ir con esas palabras?
Una y otra vez, por sueño o perturbación, regreso al momento en que esas palabras llegaron a mis oídos. Yo parado en una estación de autobús y aquella figura viniendo en mi dirección, pasa ante mí con los ojos vueltos hacia otro lugar y calle adentro desaparece. Una mano fría golpea sobre mis hombros. Antes que pueda volverme en su dirección, alguien se pone a hablar. Oigo sin entender. La voz para. Cuando giro totalmente, el extraño paseante está allí, me mira con ojos fijos, se presenta, me pide un cigarro, y antes que yo pueda decir algo me da la espalda y se marcha. Sus palabras se clavan en mis oídos, y a cada momento se repiten. ¿Con quién puedo compartir esas palabras? Tal vez con un eremita de quien hace mucho tiempo oí hablar.
Un eremita en el desierto
El lugar en sí es difícil de precisar. Se sabe apenas que queda en los alrededores de un mar de agua oscura. Pocos viven allí. No se sabe por qué, pocos viven allí. Su horizonte es inmensamente calmo, una densa niebla cubre todo, nadie en lugar ninguno. Un mar de silencios y piedras. Sus ondas van y vienen sin resonar sonido alguno. Poco se sabe de ese lugar. Mas dicen que allí habita un hombre ya en edad avanzada y que hace mucho vive allí. No hay registro de su llegada, tampoco del por qué de su permanencia. Se sabe apenas que está allí y que vive absorto en aquella naturaleza. Desde su llegada, el hombre fue siempre viejo. Pero su vejez, tal como una piedra, mantiene una extraña firmeza. Sin precauciones o cuidados se mantiene a la deriva, entregado al tiempo y a la naturaleza, esa es su vida. Enterrado en un insólito desierto, desde siempre es esa su vida. Su carne, ya envejecida, no toca más la vida. Su lengua no consigue traspasar la piel. Su voz no pasa más por los caminos del sonido, sino por las llagas del lenguaje. El tiempo poco puede contra eso. Pero el hombre, en silencio, espera… nada acontece. Y el hombre inerte, con los ojos vueltos hacia la nada, piensa:
– ¿Qué puedo contra lo infinito de esa inmensidad oscura? ¿Qué puedo contra esa fuerza? ¿Ese desierto? ¿Qué puedo contra los recuerdos que me asaltan? Lo sé, nada puedo, nada puedo salvo aceptar.
Hombre y naturaleza se atraviesan en un inmenso blanco. Su rostro pálido en la sombra desaparece. La noche cae y se extiende negra por el cielo. Y el viejo en piedra, echado en el suelo húmedo, permanece a la espera. El canto de un gran pájaro rasga la negrura del cielo, y el viejo echado, en posición fetal, insomne espera. Su rostro parece triste. La noche se arrastra lentamente. Su cuerpo, poco a poco, va cediendo al cansancio. El viejo dormita. Toda la sal de la tierra se agita dentro de sus sueños. Una voz murmura en la oscuridad:
– Reposa en la tierra negra, oh! extranjero. Las manos suaves de Dios sofocan tus lamentos. Tu canto agoniza en la casa nocturna de los dolores.
Y el viejo asustado despierta, “tal vez sólo sea un sueño”, piensa. En seguida duerme de nuevo.
El sol lanza sus primeros rayos. El cuerpo pálido del viejo va al momento revelándose.
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