Euphorion  
ISSN 1657-1843  
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    Asociación de Investigaciones Filosóficas   
 


Euphorion No. 6

Maurice Blanchot

Jornada conmemorativa del centenario del nacimiento de Maurice Blanchot.
Instituto de Filosofía. Universidad de Antioquia
Septiembre 21 de 2007

Erotismo, Espectros y Distancias Infinitas

Andrés Esteban Builes S.

En el encuentro propiciado por el desbarajuste inicial, la relación de lo que no puede tener relación, el lugar en que se establece un vínculo en la disimetría sin por eso entablar una unión, un vínculo, un lazo, lugar en que lo disimétrico sigue siendo disimétrico, aparecen figuras difuminadas, resplandores de figuras que no alcanzan a aprehenderse, en la inseguridad total del afuera, lugar de errancia donde se vaga sin sosiego. Es el lugar de la pasividad donde ella se mueve, rechazo y apertura a recibir, lo absolutamente femenino, salvajismo que se resiste a ser dominado, comunicado y conocido. La injustificación del encuentro no esperado e irrepetible con lo desconocido que hay en ella se cierne en el error, en el fracaso de la intención, en la ilusión de una búsqueda que deja de prometer por anticipado, en lo insuficiente del contrato y de la paga. El encuentro entonces por parte de él exige el abandono del querer saber, de cercar lo que se hurta a todo cerco, a toda cercanía, de querer prendar o prenderse a lo que no es posible aprehender, pero también de escaparse a lo que se escapa, de abandonarse a la huida del tiempo “discerniendo que con ella el tiempo ya no pasa”, al exceso de lo femenino sin entregarse. Encuentro y evidencia extraordinarios.

Esta exposición a lo otro sucede de una forma vana, sin principio ni fin, sin verdad, apenas una tentativa para nada, exposición a un goce vacío que no se justifica, que no puede tener justificación. Comunidad de amantes dispuesta a disolverse en cualquier momento, así como el error es su origen. Instante en que el amor se hace pasión infinita, pero instante sin bordes, no perpetuado, abandono a lo pasajero. De ahí, pues, que esta asociación, sociedad siempre arruinada, amenace cualquier orden, el trastorno de lo continuo del tiempo de la historia. Es el movimiento que se arranca la sociedad ordinaria; despedidos uno contra otro los amantes en la espontaneidad de la pasión y el choque,

“A la pasión le queda, en propiedad y a cuenta, que su movimiento, poco resistible, no estorba la espontaneidad, ni el conatus, sino que es el sobrepujamiento, que puede llegar hasta la destrucción. ¿Y no hay que añadir por lo menos que amar es seguramente no tener ojos sólo para el otro, no en cuanto tal, sino como el único que eclipsa a todos los demás y los anula? De ahí que la desmesura sea su única medida y que la violencia y la muerte nocturna no puedan estar excluidas de la exigencia de amar” (Blanchot, 2002: 77-78).

Compromiso fatal, empresa fracasada que se emprende por encima de la imposibilidad de que pueda ser alcanzada, fuera de todo lo que tiene importancia. Aquí la mutualidad está rota, la decisión imposibilitada; atracción hacia lo extraño sin que esa extrañeza se revele nunca. Relación entre extraños, entre inaccesibles, “como si la muerte estuviera en ellos, entre ellos”. Esta es la pérdida en la que se cumple el amor, realización

“[…] perdiendo no lo que le ha pertenecido sino lo que no se ha tenido jamás, porque el ‘yo’ y el ‘otro’ no viven en el mismo tiempo, no están nunca juntos (en sincronía), no podrían ser, por tanto, contemporáneos, sino separados (incluso unidos) por un ‘aún no’ que corre parejas con un ‘ya no’” (Blanchot, 2002: 75-76).

Movimiento al borde del abismo, el vértigo desencadenado en un encuentro imposible, la clandestinidad en la no-relación que se hurta a toda medida, a todo cálculo e, incluso, al ser y, si acaso, movimiento en el desgarramiento del ser. Interrupción, pues, “exageración de vida que no puede contenerse en ella”, e inseguridad de la experiencia porque está por detrás de los nombres y de las presencias. Presencia-ausencia de lo femenino que es lo único que deja ver, relación con la diferencia de lo que es completamente otro, con lo que, con el mayor salvajismo, ‘se entrega de la pasividad a la pasión sin límite’; totalidad imposible de abarcar porque en su brutalidad se desborda a sí misma.

La escritura propicia, en la ficción como acontecimiento nuevo, este encuentro, experiencia de lo que no puede tenerse experiencia y sin embargo experiencia de lo que vuelve. Experiencia literaria puramente espectral que se da en Blanchot a través de las imágenes que vuelven en palabras, como un movimiento de la escritura que yerra por un recuerdo sin memoria para encontrar lo que regresa, por un día que no pertenece al tiempo de los acontecimientos ni a la historia; se mantiene fija en su inestabilidad y por el acontecimiento ilegitimo pero verdadero que es un presente que, aunque no es presencia, está ahí por un movimiento de regreso. Punto sin lugar y sin tiempo, sin límites en el instante, sin fijeza y sin verdad en la historia, sin lugar a no ser el del movimiento y sin tiempo a no ser el del día, el de un ahora donde las distancias se hacen infinitas y desde la lejanía lo cercano vuelve. Vacuidad de la imagen y sombra de las cosas que vagan de semejanza en semejanza, sin propiedad alguna como si apenas existieran en el tiempo remoto del ahora, del instante donde el vivir se hace pasión y la vida se escapa del tiempo, estando allí más viva que nunca. Negligencia y desinterés del amor en la exhuberancia de la pasión; lazos rotos en la intimidad del contacto, extrañeza abrumadora de una irrealidad cercana e infinita, actualidad ausente que hace aparecer la imagen en un presente que ella no ocupa, menos verdad que todo y sin embargo presente allí en su regreso. Movimiento quieto del día, acontecimiento fantasmagórico que no reposa ni en una memoria ni en una presencia, acontecimiento que yerra en la errancia de aquel que busca encontrarlo, y sin embargo presente aunque la figura en la que se acerca en su distancia recorra un tiempo ya vencido en la luz del día y en el pasar de los días.

Todas estas relaciones irreales son tejidas sin fibra, están vivas desde su comienzo nunca empezado y sin embargo presentes en el regreso que llega de “una meditación poderosa”, en la errancia encaminada a volver, siempre de manera nueva, lo inolvidable vivido, y a dejarse encontrar por ello. De ahí que esas figuras que aparezcan en el relato pierdan su carácter en su encuentro imposible, rehusado y buscado por ellas mismas en las miradas que se encuentran en la evasión, en los espacios vacíos, a través de los corredores y las puertas abiertas, donde, de un lado a otro, ambas figuras se atraen en un mismo movimiento que las deja apartadas en su vínculo, en un instante jamás perpetuado, jamás incitado sino que tan sólo posee la fuerza pura del ahora.

Imágenes que vuelven para destruir la exigencia imperiosa de la tarea, la obligación del día y de los días, del trabajo y de la cotidianidad, en un “desenlace del tiempo” que intenta aplastar la conciencia de que “algo sucede”, pues es imposible saber lo que sucede. Experiencia espectral fuera de lo verdadero, y sin embargo presente en su irrealidad, vagabundeando en la ociosidad del día; fijeza en el regreso de las figuras y pérdida del tiempo en la disipación de los días, y sin embargo, ocupación que se extiende a lo largo del día, y que reclama la fuerza jovial y viril de una existencia que ronda sin sosiego. Visión de las cosas en el momento en que ellas resplandecen en el reflejo errante que viene aunque ellas parezcan estar ahí ocupando un lugar en el tiempo de la verdad, desde una distancia insalvable en la que aún conservando sus límites llegan como imágenes. De la misma manera que llegan en reflejos repetidos emergiendo “fuera de sí mismas” en un flujo de semejanzas que no proviene de objeto alguno, que no está dado por nadie, sino que irrumpe con la fuerza del regreso de un momento inolvidable.

Lo espectral aparece sin mostrarse nunca definitivamente, en un tiempo dislocado que, aunque es tiempo, no se desarrolla en la “marcha natural de la historia”. Más bien tiene lugar en el “poder puro del día”, donde el instante emerge sin promesa y sin origen, sin otorgar un reposo en las horas, sino la inestabilidad que da lo que no se logra aprehender. El día es esa reverberación de las imágenes, mezcla indefinida de sentimientos irreconciliables, “una fiesta flotante, un juego donde se pierden la prisa, el tormento y la agitación –y también la calma y el reposo seguros”. Punto que no es punto, inseguridad absoluta y posibilidad de la alegría y la libertad, lugar de la errancia de las imágenes, banalidad del esfuerzo y fuerza para mantenerse ahí, en la inestabilidad de la fascinación, en medio de todas la otras obligaciones. Y ella, Judith, regresa en el día, se hace más que un acontecimiento a través de la palabra que vaga y queda al fin escrita, en medio del resplandor de la imagen en la que regresa y de la retirada del nombre y la memoria, pues ninguno es ya un personaje, no poseen carácter ni características, son apenas la sombra de una inquietud que queda latente en su desencuentro cercano, y allí sus poderes son anulados, no inciden uno en otro, porque no lo desean, porque no pueden.

 El día abre a la negligencia, al descuido de la indecisión y de la falta de memoria, un día en el que se vive también como una noche donde todo ha desaparecido, donde la existencia se hace dramática y todo reposo se retira. Y, cuando ya no hay ni noche ni día, permanece una bruma vacía que no sostiene nada, un vacío ensordecedor donde no hay nadie y sin embargo las imágenes regresan en el tiempo que les es propio.

Con todo, no hay entre él y ella ninguna armonía, sólo un ahora donde se atan entre sí, él con ella, a través de lazos rotos, por una reciprocidad siempre pasiva, que los sume en el movimiento quieto de la atracción, y los vincula sin vínculo y sin promesa, en una “intriga profunda”, que también divierte; en el errar de “las apariencias más brillantes, más manifiestas y también más entendidas” y sin embargo de ninguno de los lados llega nada, simplemente quietud inquieta en su lugar propio, “terrible pausa donde nada cesa”. Este es el vínculo entre la errancia y las imágenes; imágenes que yerran en su regreso, y que lo convierten a él mismo en un errante y en una imagen que vaga descendiendo desde lo inolvidable que ha vivido; ahí pierde el nombre y la memoria, y se incluye en el mismo movimiento monótono de las imágenes que le llegan y que busca, ahí es donde acontece la retirada del tiempo y la inmovilidad de la imagen: en el instante de la errancia.

Imágenes donde el encuentro, en el momento deseado, sucede sin querer, a través de una mirada que mira y quizás ignora a aquella a quien mira, aunque ésta acepte la mirada y quizás la ignore. Movimientos silenciosos ni siquiera en el instante de la inquietud, a través de espacios insurcables, como si la relación misma estuviese amenazada, pero en el deseo de ser amado y tocado, y en el olvido del respeto.

“En este instante, no había ni día ni noche, ni posibilidad, ni espera, ni inquietud ni reposo, sino un hombre de pie envuelto en el silencio de esta palabra: no hay día y sin embargo es de día, de manera que esta mujer sentada abajo contra el muro, el cuerpo medio doblado, la cabeza inclinada hacia las rodillas no estaba más cerca de mí que lo que yo estaba de ella, y que ella estuviera allí no significaba que estuviera allí, ni yo, sino el resplandor de esta palabra: ella llega, algo llega, el fin comienza” (Blanchot, 1979: 145-146).

Pero con esa llegada viene la violencia, la inestabilidad misma que no se conforma ni siquiera con lo ilimitado, profundidad que se entrega a amar, y que exige una exigencia que rebasa cualquier exigencia, que exige lo imposible. Mirada que con avidez mira a la nada, porque no hay nada, ni nada que la satisfaga; y mirada sin intención aunque de un fuego enorme, mirada

“[…] extrañamente descarada, [que] era una constante violencia para agarrarme, intimación ebria, alegre, que no se inquietaba ni de la posibilidad ni del momento […] ¿Sujetarme? Ella no lo deseaba; ¿dejarse orientar? ella no podía; tocarme, sí; es este contacto que ella llamaba el mundo, mundo de un solo instante, instante ante el cual el tiempo se irrita” (Blanchot, 1979: 150).

Miradas que no quieren despertarse una a la otra; encuentro propiciado por el salvajismo, entre figuras sin nombre y sin rostro, que no se deben fidelidad, en un instante mortal en el que a la pasión deja de importarle todo, siempre vana, aunque “alguien está allí, que no habla, que no me mira, capaz sin embargo de tener una vida y una alegría encantadora, aunque esta alegría sea también el eco de un acontecimiento soberano que repercute a través de la infinita ligereza del tiempo donde no puede fijarse” (Blanchot, 1979: 163-164).

Por otra parte, la experiencia impersonal, donde aparece ese vínculo sin posibilidad de atadura del que se ha hablado en La sentencia de muerte, parece darse paso a paso, parece agudizarse a medida que las relaciones de él con los demás (sería absurdo decir “personajes”, pues no hay nada preciso en ellos, nada que los distinga, ninguna diferencia que los excluya, ninguna “personalidad” que marque y determine a alguna de las mujeres que aparecen a lo largo del relato) se estrechen, se difuminen en la atracción. Aquí los lazos se van haciendo más complicados, más difusos pero a la vez más profundos a medida que la atracción es más fuerte. Se estrechan gracias a las distancias infinitas que no acaban de surcarse, a una fascinación inescapable por más que se llenen los intersticios de cristales, pero es también ese cristal el que deja lugar a la atracción, a la atracción de aquel ser que parece difuminarse, siempre inaprensible y por eso tan cautivador, tan atrayente (lo que sugiere, también de su parte, un cristal). Las distancias infinitas se mantienen y las desgracias son inevitables en una vida en la que la miseria ocupa su justo y verdadero lugar. El tiempo deja de ser el tiempo, se le escapa al tiempo; los acontecimientos nunca se presentan ordenados en una linealidad, y no se muestran verdaderamente como acontecimientos, parecen no haber sucedido en esa realidad en la que se presentan. Los nombres escapan, el elemento del olvido y de la negligencia, de la irresponsabilidad, convienen para esta experiencia impersonal, en que todo se entrega sin ser aprehendido, sin secretos, sin misterios. Permanece un vaho que deja entre-ver relaciones de una claridad borrosa, sentimientos genuinos y a la vez escurridizos, incomprensibles, sugeridos por una atmósfera de incertidumbre y de agonía.

Es indiscutible que hay allí una vida paralela a la vida que no es del todo la vida, una vida dejada y otra tomada entre las que él (y con seguridad Nathalie) parece moverse, aquella de sentimientos vertiginosos, de esperas insatisfechas, de tristezas y dolores necesarios en la experiencia del encuentro con nadie. Con ella, la inaprensible, la incalculable y que se deja tocar por él.

Vidas que parecen flotar entre la vida y la muerte, ni muertas ni vivas, se agitan espasmódicamente aguijoneadas por su situación, por demás, incontrolable; vidas sin proyecto ante una existencia que borra y se borra de todo cálculo, de todo orden; como oscilamientos desequilibrados prendidos sobre sí mismos. Con todo, esas vidas que se muestran, con sus turbaciones en medio del peligro que para ellas representa el vivir, no son las mismas. Aunque sumidas en situaciones penosas, atravesadas por la enfermedad y el dolor, las figuras no son las mismas; mantienen unos límites difusos que no logran diferenciarlas, pero que permiten anudar diferentes relaciones con él, hasta el punto en que se enamora, loca y frenéticamente, de aquella que siempre escapa, que lo turba con una indecisión, con una indiferencia, tan espontánea como inocente.

Así pues, enajenada, fuera de sí, un cuerpo deambulaba espectralmente como sin dueño, poseído por la agonía y el terror de un peligro que no se decidía a llegar, y mantenía una lucha fiera para no doblegarse ante lo desconocido, ante el espanto que ni siquiera le producía la muerte. Quería morir, en efecto, “vivía por cortesía” y “maldecía tanto la enfermedad como la vida”; desapareció como un respiro, después de haber vuelto a algo que no era precisamente la vida.

C(olette) es otra de las mujeres que aparecen en el relato, su nombre, ya sugerido un poco más (luego veremos en el caso de N. cómo es que aparece de una manera tan distinta, y a la vez tan indistinta, su nombre; N(athalie) o Nathalie o N. no parece entregarse del todo a la comprensión, y estos tres nombres, si es que los tres llegan a serlo, parecen sugerir una inaprensibilidad fundamental, una irresponsabilidad insinuada por ese ser mismo, olvidadizo y genuinamente espontáneo, que soportaba aquel que la miraba, el ser atraído por ella), mantiene esa ambigüedad respecto a la persona, revela la distancia infinita entre ella y él y que, pese a eso, se hace cercana al irrumpir en medio de la cotidianidad, sugerida por el suceso más ajeno a ella, y ella se presenta al pensamiento. Y, a pesar de estas distancias infinitas, de la huída a la soledad, de la insistencia repentina y desprevenida, los encuentros más naturales y más asombrosos suceden sin pensarlo. De repente, él se ve en una habitación que no es la suya, alguien irrumpe con unos gritos ensordecedores, insoportables, que acaban por despertar una hermandad en el sentimiento, un acompañamiento en la pena, que permanece, de la misma manera, distante.

Con todo, de las razones para la soledad no se puede encontrar la última, o alguna, pero “la necesidad de hacer del lugar en el que se está un lugar donde no ocurra nada, un lugar para descansar, un lugar deshabitado…” se verá amenazada por alguien que irrumpa con una violencia tal que la haga agradable, o alguien que la haga, por el contrario “criminal”. Y alguien aparece de la forma más fortuita, con el simple pretexto sin disculpa de la fascinación (que paraliza, que sustenta), fascinación del atardecer que se contempla a través de la ventana.

Son los espacios que se despliegan en el libro, espacios tan reales, tan espectrales y densos, que parecen el lugar propio para la vida al margen de la vida que se vive en cada uno de los episodios; y que las habitaciones, cargadas de oscuridad, de “olor a tierra y piedras” (por lo menos en este caso, una de las suyas, una de las de él –al margen y a la vez del hecho mismo de mantener dos habitaciones al tiempo–), así como los corredores, las escaleras, los pasillos, los cuchitriles y las puertas, permiten vivir sin un espacio fijo, siempre movedizo en su quietud y en un tiempo que ya ha desaparecido, la existencia sin sosiego. Esto sin contar el tiempo de la fascinación, que no es propiamente sosiego, que viven quienes se mueven a través del relato. Pero la habitación también cambia de atmósfera, una visita inesperada, un visitante desconocido pero que no podría ser otro, arriba intempestivamente y provoca un vértigo y un extravío en medio del frío de la habitación donde todo escapa.

Así hace su entrada Nathalie, y de una manera tan escabrosa como irreal, casi tan espectralmente como aquel que la esperaba, se presenta para huir de inmediato; pero él, sin haber visto nunca aquel ser olvidadizo que vagaba por la ciudad con su ceguera nocturna, se le abalanza con un delirio animal que la destruiría y le destruiría sin pretenderlo. La irrefrenabilidad de la fuerza irrumpe en medio de la fascinación que contempla el ser que desaparece, y el “instinto rapaz” hace su presentación, la “fuerza ciega” concentrada sin dirección precisa; pero no irrumpe por un deseo de posesión, más bien quiere suspender el terror que en ese momento posee a ese ser maravilloso, quiere alargar ese sentimiento terrible sin ánimo de perjuicio, sin ansias de satisfacción. Prolongamiento de ese terror comenzado en el volcamiento hacia lo desconocido, hacia lo incalculable, hacia el peligro inédito de la calle, y que él perpetuaba como un objeto más de ese espacio, sin interferir el miedo y sin pretender un acto heroico, y conservando entre ambos una distancia tan infinita como cercana. Esas figuras que irrumpen, y de repente se hacen presentes desde un lugar desconocido e impensable, fascinan con la más extraña de las atracciones.

Pero estas presencias impredecibles no son verdaderas presencias, llegan a través de un cristal que las mantiene deliberadamente al otro lado, sin rechazarlas por completo. Manteniendo un sentimiento de indiferencia como si lo remoto apenas tocara, el cristal conserva ese sentimiento de extrañeza ante el objeto o el ser del otro lado que, no obstante, cautiva, encanta de cierto modo con un placer que se mantiene fuera, como si el placer mismo estuviese del otro lado del cristal. De ahí que él diga “si me encontraba con una persona que me agradara, todo lo agradable con ella estaba bajo el cristal y por esta razón me era indiferente, y además remoto, como si me sucediera en el pasado”. Como la tristeza impersonal de unas lágrimas fluidas y profundas, como la vivacidad de la tristeza que, aunque detrás del cristal, horroriza y asombra. Sin importar de quien provenga, el sentimiento se hace ajeno a una persona, se hace de alguien, de cualquiera, un sentimiento sin sujeto, carente de nombre. Un llanto del que “su recuerdo se convertía en desesperación inexpresable, que se oculta bajo las lagrimas pero no llora, que no tiene rostro, y convierte en una máscara al que elije”.

El cristal, entonces, no sólo mantiene las distancias, sino también la idea vaga de creer que quien está de aquél lado no está siendo visto en verdad por aquel que le mira. Pero quizás este cristal sea correspondido por la negligencia y el olvido, por la irresponsabilidad ante la memoria del ser con el que se ha compartido, y se olvidan anticipadamente las razones que empujan hacia aquél ser. Y el ser del otro lado del cristal se mantiene solo, en medio de su espanto se aferra a lo que tiene, al límite del horror y a la proximidad de la desgracia; ella tiene que “…luchar sola, aprender con aquella lucha, con qué profunda justicia las mayores fuerzas adversas, a la vez que nos desgarran, nos consuelan y nos liberan, esto era lo que le tocaba hacer…”

Y él es transformado por la fascinación, por la visión de la imagen, de aquel objeto de la mirada que apenas si era nada, una nada encantadora; se ve cambiado por un movimiento sin sentido y exclama “me hacía tropezar a cada minuto; aquella mala pasada me la jugaba mi sangre que a mí, animal de sangre fría, me regalaba con todas las impaciencias de un animal de sangre caliente”. Nathalie lo había sacado fuera de sí, pidiendo auxilio a gritos ahogados que manifestaba con una total indiferencia, pedía que la apartara de la muerte y del miedo, de la existencia diaria que la perdía, de sus anomalías, de sus angustias; pero ese ser extraño que no presentaba ninguna particularidad “le importaba menos que los demás” y, con todo, la fascinación no menguaba, incluso con el miedo, que le acompañaba, de perder su libertad en la unión con nadie; antes bien, ante la representación de persona insignificante que hacía Nathalie, ante su desapego a fingir un sentimiento que no fuera suyo, la fascinación se hacía más fuerte, más estrecha y más embriagadora.

Nathalie era en verdad un ser maravilloso; lejos de toda regla, lejos de cualquier cálculo, se mantenía insospechada. La educación que le daba a su hija da cuenta de ello, hasta el punto de que él no supo lo que ella sentía por su hija. Movida entre ternura y cólera, entre desapego y ternura, Nathalie mantenía también su cristal, su distancia en la inmediatez de las relaciones cotidianas; demasiado próxima, pero infinitamente distante. Y él, atrapado por completo en la fascinación, en la fascinación de lo que ve escapar con otro (pues Nathalie ante una de sus evasivas aparece con otro, apareciendo “exageradamente hermosa”), afirma “pensar y vivir ya no iban a la par”; incluso la imagen de la pérdida de lo que no puede tenerse desquicia hasta el punto de incluir entre las posibilidades a la sangre y a las armas para escapar a lo inevitable. Ya no era dueño de su sentimiento, estaba exiliado, excluido de un sentimiento que podía ser de cualquiera.

Y la fascinación provocada llega hasta tal punto de enajenación, que se asume una lengua extraña con la irresponsabilidad más comprometida ante el ser que atrae ausentándose. En el balbuceo y la conexión violenta de las palabras que salen del delirio de la mirada, la embriaguez que desborda la regla, “locura en lengua ajena” que conducía al afuera suscitando sentimientos extraños, desconocidos, que lo confundían hasta vincularlo a ella en su retirada; y ella, magnífica, mantenía su aire de extrañeza y de ausencia. Llegada su desaparición, él se sume en un desespero incontrolable, “en una locura por la impaciencia que rebasaba los límites y lo convertía en un errante en busca de nada”, víctima del miedo y del cristal, teme perder aquella con quien estaría dispuesto a perder la libertad, a llorar y a sufrir en compañía. Pero la certidumbre de la desgracia, que desde siempre presintió tan cercana, acrecentó su ansiedad y dejó un sabor amargo en su boca.

Aunque ella aparece en su habitación, antes que él, como una aparición mágica, repentina, la infinitud de la distancia, que nunca los separó, los acercó hasta el punto en que impredeciblemente él dice “La vida se encontraba allí, una vida que puedo tocar y que me conmueve, semejante en todo a las demás, que con su cuerpo estrecha el mío, con su boca sella mi boca y cuyos ojos se abren, los ojos más vivos, los más profundos del mundo, y me observan”. Pérdida en la oscuridad, pérdida necesaria a la que no se intenta resistir para no sucumbir y que se despliega, por eso, en el infinito; pérdida que, no obstante, lo lleva a él a afirmar “quería sobre todo conservar aquel nombre de Nathalie, aunque fuera al precio de sus uñas mordidas y de su frente herida”.

Así el pensamiento se termina, dilatado en una experiencia literaria que, en el despliegue de un tiempo que no conocemos, ordena los sucesos que entrega en un tiempo sin tiempo, el mismo en el que ella acontece. Por eso, aunque las fechas existan, seguir los acontecimientos, y ubicarlos en una periodicidad del tiempo es tan imposible como infructuoso. Así, un pensamiento destroza una vida para abrir otra, un pensamiento frío, distante pero amistoso; un pensamiento que se mantiene y viaja hasta las profundidades “completamente al abrigo de sus condiciones”. Este pensamiento no traiciona la distancia infinita, una distancia vuelta a traer por aquel que lo piensa y que mantiene a través del cristal. De ahí que este acontecimiento rescate el minuto presente y el próximo para no decir nada, pues en la memoria y en la historia los acontecimientos ya no existen, están muertos en las horas en que se presentaron.

Pero este pensamiento no cesa de ser el pensamiento de lo absoluto contradictorio, del adversario que viene con él, el doble perfecto, el (él) que está allí errando por un vacío sin fondo, es el que llega luego de la pulida del pensamiento, el ‘rayo entre las nociones indolentes’, sin luz la liberación del saber, se mantiene en un abismo, en la caída que aún no resbala, no piensa nada. “Marcha hacia la inconsciencia” y lucidez en el descenso a la noche, allí donde el día declina y la muerte es la existencia, del mismo modo que pensar es no existir.

La infinitud del movimiento en el pensamiento, aparecida en la espesura del silencio, camina sobre la incertidumbre; es eso lo que se ofrece en la muerte: pensamientos, miradas, movimientos, “todavía signos de simpatía verdadera”. Vínculo entre la muerte y la conciencia, fuera de vínculos lógicos, allí la existencia se hace fatalidad; paso de la existencia a la inexistencia, de la conciencia a la inconciencia, búsqueda y movimiento de ‘lo contrario de lo contrario de la conciencia’. Pensamiento en la ausencia de sí mismo, vuelto noche en la desaparición del que habla, el que habla vuelto sujeto y cosa “de una irradiación todopoderosa”, hurtado del ser, pensamiento metamorfoseado, metamorfosis sin refugio que mantiene lo semejante, seguridad en el peligro de la nada que se ha vuelto.

Experiencias análogas, la experiencia de Anne, de Thomas, de quienes los acechan, de escritor y de lector, aparecen en la palabra misteriosa y el encuentro de la palabra vivificante, esa que no se dice, pero que habla en un volumen inaquietable.

“No podía hablar, y sin embargo hablaba. Su lengua vibraba de tal manera que parecía expresar sin palabras el sentido de las palabras… Se hubiera dicho que hablando un lenguaje cuyo carácter infantil no permitía que se lo tuviera por un lenguaje, daba a las palabras insignificantes el aspecto de palabras incomprensibles. No decía nada, pero no decir nada era para ella un modo de expresión demasiado significativo, por debajo del cual lograba decir menos todavía” (Blanchot, 2002: 46).

Saber que no sabe lo que dice, pero que tampoco sabe lo que no (se) dice; sostenido sólo en el movimiento perpetuo, donde lo que se dice es retirado y vuelve en su desaparición; lugar por fuera de la afirmación y la interrogación, en el que el saber sabe lo que sabe abrazado en el silencio.

Allí desaparece toda posibilidad de comunicación clara, incluso la posibilidad misma ante el movimiento abismal de la imposibilidad. Comprensión a través de “nociones inefables”, “yo no sé qué” que borran toda comprensión, el rechazo fundido con la atracción. Habla incomprensible entre quienes no pueden comprenderse, ni pueden comprender; entre figuras; con el innombrable, con los dobles, con quienes no saben de sí, pero que se intercambian al morir. Habla de palabras inútiles, escritura que dice de la inutilidad de todo, hasta de ella misma. No se trata simplemente de “aproximar palabras contrarias frotándolas una contra la otra como si fuesen piedras”. Dan cuenta del máximo punto de la vida en la disolución, en la muerte. El absurdo es “su monstruosa sustancia”. Habla que expresa el “inexpresable tormento” y el sentimiento que revela que no puede experimentarse.

Es “la palabra vacía de Thomas” la voz que lanza las palabras imposibles que no pueden callarse en su silencio, que traen el olvido en la noche que son y a la que pertenecen, confiesan lo que no saben y hablan sin verdad. Son las palabras que olvida el querer saber, éste que sostienen “los hombres que ofrecen el último día”, el que se desliza entre algunas de las palabras de Anne al decir “En el fondo ¿quién puedes ser?” o “Pero ¿quién eres?”, o también “Sí, quisiera verte cuando estás solo”. Palabras éstas arruinadas en su intención, en el imperativo a callarse ante la respuesta que, como una ola gigante, parece venir, pero palabras que se borran cuando dicen, en medio del silencio infinito de los puntos suspensivos, “Lo que eres […] Lo que eres…”. Las primeras son palabras que hablan el querer decir, el querer saber por el progreso de las relaciones, que buscan la respuesta y la presencia, que llenan los acontecimientos, la memoria, abren las perspectivas; habla resistida a ser arrastrada “con un irresistible movimiento hacia una catástrofe inminente”, existencia saturada de esperanza y de consuelo que vive en el tiempo de los hechos.

Allí habitan quienes rodean a Anne en su lecho de muerte, la madre de Anne, sus amigos, los moralistas y los médicos, quienes otorgan su fealdad como un reducto de sentimiento y vínculo con el moribundo; buscan estrecharle en la misma sensación, reducirlo, matarlo antes de que muera, como si no se dieran cuenta que así matarían la muerte y la vida de un solo golpe. Todos seres insignificantes, el mismo Thomas sin importancia, “su madre no era más que un ser insignificante” cuando Anne ocupa la nada que llena el vacío. Eran ellos los que querían hacer dignos los últimos instantes, la muerte de Anne, querían que muriera contenta de morir. El juicio presto a encerrar al moribundo, las evasivas para esquivar su “presencia”, todo el montaje alrededor del muerto para no prolongar su agonía, para que se liberase.

Pero Anne estaba muerta y consciente de su muerte en el olvido de la razón, en la inconsciencia de la lucidez del pensamiento y, por ello, más viva que nunca. Iba hacia la muerte como era, apartada de la salvación que ofrece la muerte imaginaria. Sumida en una noche sin fronteras que ella ocupaba por completo, que era ella. Dispuesta a morir, inundaba todo de amor, en la orfandad y el frío de su desaparición. “Era completamente viva como Anne quería pasar a la muerte, esquivando los estadios intermedios que son el tedio y el desapego a la vida”. Fuera del mundo, el sufrimiento y la angustia de no ser nada entierran el rostro y el nombre, cavan fosas vacías, llenas de nada, donde nada se quiere colocar. A los que le rodeaban les obsequiaba un don precioso: “el presentimiento de su muerte, su muerte, el sentimiento puro, nunca tan puro, de su existencia en el torturado presentimiento de su inexistencia” (Blanchot, 2002: 66). Cambiada y amenazada de sí y a sí misma, ‘entregaba a Anne y a la muerte de Anne’;

“se separaba de su sentimiento terriblemente fuerte de ser Anne, terriblemente angustiado de ser Anne amenazada de muerte, y lo transformaba en el sentimiento mucho más angustioso todavía de no ser ya Anne sino su madre, su madre amenazada de muerte, el mundo entero a punto de ser aniquilado” (Blanchot, 2002: 66).

Aniquilación total que nos vincula en la amistad, promesa de amistad en la muerte constituyendo una relación con lo otro y con los otros. Por eso la misma muerte muere; Anne se ve despojada de su muerte, muere “por intermedio de todos los demás” en la perfección de ser; se convertía, al igual que Thomas, en “el hombre eterno que toma el lugar del moribundo” (Blanchot, 2002: 73). Murió en el intervalo del tiempo, fusión de eternidad y vacío, en medio del absurdo sin ser alcanzada por el absurdo. “[…] ella se debatía en el instante en que la muerte, destruyendo todo, podía destruir también la posibilidad de la aniquilación”. Expulsada hacia lo desconocido, “Sola, vio aproximarse el momento del milagro y no recibió ninguna ayuda” (Blanchot, 2002: 68).

‘Cadáver perfecto que ha premeditado su muerte’ y que se semeja sólo a sí mismo. Anne era igual a todos y en ello residía su muerte, excediendo el ser estaba muerta y la muerte existía en la sobreabundancia de vida que la colmaba,

“[…] pues morir había sido su astucia para dar a la nada un cuerpo. En el momento en que todo se destruía, ella había hecho lo más difícil, y no es que hubiera extraído algo de nada, acto sin consecuencias, sino que había dado a la nada, en su forma de nada, la forma de algo” (Blanchot, 2002: 72-73).

De ahí que recibiera la muerte de la existencia y no de la no-existencia. Conciencia de la muerte, no existir, existiendo; existencia fatal, “continuo naufragio” en un errar perpetuo, en una noche insondable.

Y la noche traía el horror, en la imposibilidad de la identificación, en el cambio completo que nada cambia. Thomas “emergía de la noche como el menos oscuro de los hombres, bañado en la transparencia por el privilegio de estar por encima de toda interrogación, personaje transfigurado y grotesco…” (Blanchot, 2002: 56). Mundo puro alrededor de sí, silencio y soledad. ‘Gran noche exterior’ que Anne ocupaba, que la ocupaba, que era ella; sueño puro y conciencia de todas las cosas, el afuera desplegado en su infinitud.

Es en la noche donde se encuentra a otro, a la ‘falsa figura que emerge de la noche’ y de la que no es posible saber nada, donde acecha el adversario. Silencio en el que una presencia irreal aparece, con un carácter impalpable, ligero, y pasividad en la que otra persona ‘absolutamente oculta’ se formaba. Voz extraña pronunciada por el doble y que dice “ve”, que le dice a los otros “Demasiado tarde”, cuando buscan la muerte en el último instante ante la “presencia” de Thomas. Doble que es todo lo contrario de un ser. “Dos rostros pegados uno a otro”, contacto con dos orillas. “Figura extraña de aquel que yo era realmente y que no tenía nada en común con un hombre ya muerto o un hombre todavía por nacer: compañero admirable con quien deseaba con todas mis fuerzas confundirme, pero separado de mí, sin ningún camino para conducirme hasta él” (Blanchot, 2002: 79). Sosias trágico y extraño que no esconde nada, “rostro sin secreto, indescifrable” (Blanchot, 2002: 83).

La noche es allí donde no se piensa, momento de nada, en la calma también, momento de pasividad absoluta, pero del fuego que consume. Plenitud vaciada, vacío colmado donde el desparecer pone fin al día, a la ausencia, llenando todo de ausencia. Ausencia de sentimientos y el sentimiento de angustia que lo posee todo, el ‘goce helado’ del universo. La noche “lejos de ser un lugar posible de imágenes, se compone de todo aquello que ni se ve ni se oye y, oyéndolo, hasta un hombre sabría que, si no fuera hombre, no oiría nada. A la auténtica noche le falta, pues, lo inaudito, lo invisible, todo lo que puede hacer de la noche habitable” (Blanchot, 2002: 85). Precisamente porque es el lugar de la errancia por corredores que no conducen a ninguna parte, falsos pasos, alejamiento definitivo, pasar ‘entre ciudades muertas’, más allá del acontecimiento fijado, de la momificación del momento. Lugar en el que, sumido en la pasividad, en la negligencia y la distracción, Thomas es abarcado por el objeto. Intimidad de la noche en que se es visto, desde un ‘punto de vista supremo’. Exclusión de todo y de sí mismo en la absurdidad de la experiencia, banal, frívola, donde todo queda por hacer, cuando ya nada hay por hacer, porque, no sólo todo ha sido destruido, sino también nada queda terminado. La noche en la que se avanza es la desviación, el movimiento extravagante que conduce al movimiento mismo del pensamiento. Nada perfecta testimoniada por las tinieblas de lo que dice en el silencio.

 

Referencias

BLANCHOT, Maurice, (2002), Thomas el oscuro (nueva versión), Madrid, Pre-textos.
___________________, (2002), La comunidad inconfesable, Madrid, Arena libros.
___________________, (2002), La sentencia de muerte, Madrid, Pre-textos.

___________________, (1979), Au moment voulu, Paris, Gallimard.

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